Cuarenta y veinte

 El sabado tuve la suerte -me gusta verle el lado positivo a las cosas- de conocer al fulano mas berraco que he podido conocer en toda mi vida. Un verdadero pacharaco en todo el sentido de la palabra PACHARACO. Es decir, PA-CHA-RA-CA-SO. En fin, así fue como comenzó, lo que me gusta llamar, la noche del terror.

Sabado. Diez de la noche. Me encontraba en la casa de mi amiga C ayudandola a decidir entre ponerse un polo negro o blanco, o strapless, o mejor un jean o mejor una falda, pero no este polo porque sino tengo que cambiarme de zapatos, o mejor me cambio de zapatos porque en verdad me duelen los pies, pero mejor no porque me veo mas alta… Era cumpleaños de su hermana y yo había sido invitada no se por qué. La verdad es que C no quería estar sola entre los amigos de su hermana, y invitó a su manchita: nosotros. Yo fui la primera en llegar, de manera puntual (estoy practicando la puntualidad y la disciplina como nuevas resoluciones para este año, ojala las cumpla) a las 9.30 exactamente, hora en que el taxi me dejó en una casa de dos pisos en surco. No era la casa de C, sino la de sus abuelitos, y bien, pasé a conocer a la familia y de paso ganarme con todo el conflicto familiar…

Los papas de C se están divorciando, y la tensiòn familiar no podìa ser mas obvia. La mama lo miraba con recelo, la abuelita de C ni siqueira se dignaba a mirarlo. Su papa insistía en tener una conversación normal con C, pero ella lo evadía. Su hermana no quería saber nada del asunto. El hombre caminaba por la fiesta como la peste bubónica, y todos corrían en dirección contraria. Felizmente, al poco tiempo, llegaron los demas del grupo y nos sentamos a conversar, esperando el ansiado Japiverdei que se canta a las 12.

En un momento de la velada, casi llegando a las 12, el celular de C sonó. Ella miró la pantallita y se levantó para contestarlo. Al regresar a la mesa, dijo: Viene B (su novio) con un amigo.

Viene B con un amigo. Mi cabeza paranoica puso todas las piezas en orden. Viene B…. con un amigo. Carajo, otra vez trataban de juntarme con algún imbécil.

Esto ya es historia conocida. Desde que tengo uso de razón, andar “sola” nunca ha sido un problema para mi. Primero porque yo no considero que estoy sola. De hecho conozco un montón de gente, no solo mi mama y papa, que me quieren y se preocupan por mi, así que dificilmente estoy sola. Y segundo, como toda chica de 21 años, simpática y buena gente, tengo mi jale, así que por eso no me preocupo. Pero, aparentemente mis amigos si. Y así lo han hecho desde que tengo uso de razón. Desde el colegio, cuando a los once ya habían parejitas floreciendo por aquí y por allá, mis amigas me miran como quien ve a un perrito cojo caminando por la calle, sin pareja y sienten pena. ¿Pena? ¿Por que tendrían que tener pena?

Yo no voy por ahí diciendo que me siento miserable, si que me encantaría tener un novio, ni nada de eso. Yo vivo la vida, no dejo que la vida me viva. Si señora, así es, yo no me siento miserable por andar sola. Mejor sola que mal acompañada, ¿no? Mi vida no va a ser vacía por no tener a un peor-es-nada a mi lado.

Ya terminado ese pequeño discurso, proseguimos con la historia…

Asi que, pasados 30 minutos, se aparecen por la entrada de la casa dos fulanos. Uno de ellos era B, y el otro, un fulano que no recuerdo como se llama pero que denominaré con mucho cariño El Pacharaco.

Al Pacharaco le gustan tres cosas: hablar de su chamba (maneja las exportaciones e importaciones de una empresa gringa multinacional… como si me importara), de cuanta plata maneja, y de cuanta plata manejan sus clientes.
Es decir, podemos reducir su conversación a una sola cosa: plata y mas plata. Divino.
Cuando conocí a B me cayó bien. Era un tipo buena gente, y gracioso, de esos con los que congenias facil. Pero al verlo al lado de su amigo Pacharaco, me di cuenta que no sólo era sus bromitas vulgares, sino que además de eso, ambos eran un par de viejos verdes.
Ah si, deben rodear los 35 años, porque a ambos, y sobretodo al Pacharaco, se le notan las trajinadas, se le notan las juergas, se le nota que está bien demacrado. Y lo peor de eso, que al lado de un par de veinteañeras como nosotras (ambas de 21) se veían rotundamente ridículos. Yo no podía evitar mirarlo con cierto desdén.
No solo era su forma de hablar y hablar de dinero, para impresionarme obviamente, sino que desde arranque había demostrado ser un conchudo en todo el sentido de la palabra. Si no hablaba de su dinero, pedía que le rellenaran el vaso de whisky. Por supuesto, al ser la casa de C, ella era la babosa que tenía que ser conejita de playboy y traerles el whisky a ambos con dos hielos por favor y te apuras flaquita, jajajajaja. En un momento de la conversa, el Pacharaco se me acerca y en un tonito que me hizo recordar a mi papá me dijo: ¿Y tu cuantos añitos tienes?
Se me escarapeló la piel. Lo vi como un pederasta en acción y dije “21”, al mismo tiempo que aguantaba los chifles y el vino que se amontonaban en mi garganta. Pacharaco procedió entonces a desparramarse sobre la silla, con los ojos saltones, y a sobarse repetidamente la cara, como si quisiera deshacerse el rostro con las manos. “Puta, que calor hace, carajo”, decìa de cuando en cuando. Yo seguìa sirviendome vino, rogando para que esta noche pasara mas rápido, esperando que el vino hiciese esta velada mas graciosa, mas ridicula e insignificante.
En un momento dado, el Pacharaco se vió sin whisky en su vaso. Yo estaba sentada tomando mi vino. El pacharaco me miró y tronó los dedos para llamar mi atención: “Flaquita, llenate este vaso pues”. Y acto seguido me guiñó el ojo.
Yo lo miré sorprendida y comencé a reirme. En verdad me comencé a CAGAR de risa. Pacharaco no entendía por qué me reía, tal vez pensó que estaba jileando con él, aún no lo sé. Después de reirme un buen rato, seguí tomando mi vino, como si no hubiese pasado nada. C se apareció y se fue a la cocina con el vaso de whisky. En fin, es su casa.

Pero ahí no acabó la velada el terror. B se me acercó y me dijo “que planes”, a lo que respondí “naranjas”, a lo que respondió “vao a una parrillada”, a lo que respondí “quienes van a ir”. Entonces B me mintió descaradamente, cosa me di cuenta mucho después, y por lo que ya no voy a salir con él y C. Me dijo que el Bachelor (que en este momento se veía completamente irresistible) iba a estar ahí. Él sabía que si me decía eso iba a ir. Me estaba engañando vilmente. Acepté, por supuesto, pensando que podía librarme de Pacharaco una vez que viera al Bachelor.

Subimos al carro de B a eso de las 2 de la mañana, medio alcoholizados y dispuestos a rumbear, al menos yo si. En el camino, paramos en un grifo y tuve una de esas pausas que uno hace en medio de una juerga, ese STOP donde ves la realidad sin tanto movimiento, sin tanta chela, sin tantos juegos mentales. ¿No les ha pasado? De pronto la noche es una especie de sueño, todo pasa rápido, y de pronto de ves en un grifo en el carro de un par de viejos, y no se por qué, pero la visión de un pobre niño vendiendo dulces me causó tanta pena… Sobretodo cuando B y Pacharaco lo ignoraron en camino a la tiendita del grifo. Me dio tanta pena, y al mismo tiempo me regresó a la realidad. ¿Que hacemos aquí, C? ¿Que carajo hacemos aquí, si cualqueira de nosotras puede conseguir un fulano mejor que cualquiera de estos?

De pronto los chicos que había rechazado antes, chicos de mi edad, o un poco mayores que yo, digamos en sus veintes, chicos que había rechazado por inmaduros o por muy chibolos, de pronto esos chicos parecían mil veces mejores que B y, por supuesto, Pacharaco.

Podría decir que fue culpa de la regla, que tan puntual como siempre, me vino justo al día siguiente, o mas bien, ese dia pero mas tarde. Quizá estaba sensible por eso. O quizá estaba viendo las cosas desde esa perspectiva que te da la noche, que oculta cosas y te las muestra, así de crudas para que te des cuenta. Quería decirle a C todo lo que pensé en esos diez minutos en que demoraron en subir al carro. Pero C me interrumpió: “Vamos a ir a la parrillada, y de ahi a bailar, a donde nos lleven los chicos”

¿Chicos?, pensaba. ¿Que chicos? Chicos son los que rechacé, chicos son esos misios que no tiene plata ni para invitarte a comer, ni para pagar el taxi, esos que prefieren quedarse en casa viendo peliculas pirata. Esos son chicos. Mil veces esos chicos, mil veces que no sepan bailar, mil veces que sean unos inmaduros, mil veces que prefieran ver un partido de futbol, mil veces que te traten como un pata mas, mil veces todo eso.

En ese momento estaba dispuesta a bajarme del carro, caminar a la javier prado y tomar el primer taxi que me llevara a casa. Pero no lo hice. Tal vez por cobarde. Tal vez por eso C se quedaba en el carro también. Porque le tenía miedo a andar sola, le tenía miedo a estar sola como yo, esperando a que de verdad te guste un chico, porque quien sabe cuando pasará eso, pero sabes que C, prefiero esperarlo.

Anyways, los “chicos” subieron al carro. Zarpamos hacia la parrillada. Para hacerla corta: MAS VIEJOS. Y si, cuando digo mas viejos, me refiero a que habían puros viejos y de esos que ya están pisando base 4. ¿Bachelor? No estaba. Por supuesto, pero seguro que su papá si estaba por acá. Creo que uno que otro debe ser papa de una amiga… en fin, yo me sentía fuera de lugar. Decidí entonces, que si bien ya estaba en este lío, y tenía que encima de eso, aguantar unas tres o cuatro horas de baile, iba a hacer el ridiculo total. Iba a comportarme como una berraca total, iba a ganarle al Pacharaco en su propio juego de pacharacadas. Solo de esa forma, iba a librarme de él.

Felizmente, la velada terminó temprano, y como prometido antes, B me dejó en casa antes que llevara a C a la suya. Pacharaco no nos acompañó. Felizmente logré decepcionarlo.
Esa noche me curó de esa idea que tenía hace tiempo rondando en mi cabeza, esa de probar en aguas mas calmas, mas añejas, y alejarme de los mocosos que tanto detesté. Supongo que todo pasa por una razón.

Ahora, chicos, los he aprendido a apreciar mucho más.

Una respuesta a “Cuarenta y veinte

  1. jajaja…buena experiencia😉

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