Niños y niñas

El otro día encontré entre mis cosas unos videos de cuando estaba en el pre-kinder. Para esto, se podrán imaginar que los encontré en una caja enmohecida debajo de otras cajas junto con otros videos de esa misma época y además en versión BETA-MAX, por lo que tuve que desempolvar mi BETA, el primo perdido del VHS. Me sentí super vieja. Pero bueno, logré hacer que funcionara la matraca y me dispuse a mirar que rayos habían grabado mis padres o algún profesor sentimentaloide.

El video se trataba de un paseo a un club con todos los niñitos, profesores y algunos padres. Me reí un rato mirando a mis compañeros de clase en version niño cuando entonces divise a una niña regordeta corriendo por una gran explanada. Si, esa era yo. La gordita de trenzas.
Me divertí viéndome correr por el pasto, riendo, corriendo con otros niños. Luego comencé a percatarme que no estaba corriendo JUNTO a los niños, sino DETRAS de ellos. Todo se hizo mas claro cuando alcancé a uno de ellos, me le tiré encima y comencé a jalarle los pelos. Miré horrorizada la tortura que le hacía a ese pobre chico que ni siquiera me acuerdo quien era. Cuando logró escaparse, lo hizo llorando. Yo, inmutable, seguí corriendo detrás de otros niños.
En ese momento se vino una avalancha de recuerdos, en los que yo de una u otra manera golpeaba, torturaba y perseguía niños, todo eso antes de cumplir los seis años.
Esa era yo, la niña que le pegaba a los niños. Y con niños, me refiero a los varones, es decir, mi fijación por los hombres ya era visible desde esa epoca. ¿Porque los quería torturar? No lo sé. Me imagino que yo era la versión femenina de esos chicos que fastidian a la chica que les gusta. Asi les expresaba mi amor, pegándoles.
¿Como se expresa esto en mi vida actual, mi vida social? Bueno, hagamos un pequeño y sucinto recuento…

A los seis años, ya estaba en segundo de primaria. Yo siempre fui adelantada, y no lo digo por hacerme la sobrada, es un hecho de mi vida que me ha tocado compartir gustos y cursos con gente mayor que yo, casi en todas las oportunidades que he tenido. Anyway, seis años, segundo de primaria, mi obsesión por perseguir niños ya no era tan obvia. Ya no les pegaba, y quizá eso fue motivo para tener mi primer amiguito. Si, fue un hombre, o mas bien, un niño, se llamaba juan carlos o jose antonio, o algo asi, (que bien me acuerdo de todo), y fuimos amigos todo segundo de primaria, hasta que me dejó por una pelota de fútbol. Ahora que lo pienso, ese fue mi primer plantón.

Avancemos mas en el tiempo, ya entrando a la secundaria, tenía 11 años. Debo hacer un pequeño parentesis para decirles que a los 11 años me pasaron muchas cosas. A los once años estaba entre ser una puber y ser una adolescente, comencé a percatarme de otras cosas, comencé ha hacerme mas adulta, mas madura (todo lo que uno puede llegar a ser a los once) y fue la primer vez que mi mamá dejó la casa, pero esa ya es otra historia.

Sigamos, a los once tuve mi segundo mejor amigo, y si se quiere, mi primer amor platónico. Es una de esas cosas que pasas tanto tiempo con una persona que al final terminas confundiendo amistad con amor o algo parecido. A los once, descubres una serie de sentimientos que no sabías que podían existir, y das un paso más hacia el caos que puede ser la vida. Bueno, mi mejor amigo de ese tiempo, al que llamaremos “D” fue un buen amigo que duró ese año y algo más. No me cambió por una pelota de fútbol (porque realmente no le gustaba el fútbol) y nos visitabamos en las tardes después del colegio.
Hasta aquí todo bien, ya había superado largamente mi obsesión por maltratar hombres… o así lo pensaba. Hasta que un día, realmente haciendo tonterías, sentí que nos estabamos acercando mucho, sentí que compartíamos una intimidad diferente. Estabamos en su casa, creo que jugando en la computadora, cuando de pronto, me preguntó la clave de la maquina. Normalmente yo me acercaba a la maquina y la tipeaba, porque era mi clave personal y no se la iba a decir. Pero me sentí en tanta confianza que se la dije sin pensarlo mucho.
Luego, después de pensarlo un poco, me sentí incómoda. La cercanía era tal, que poco nos faltaba para ser pareja. Me sentí abrumada, extraña, incómoda.
Me comencé a alejar, incluso creo que lo agredí en algún momento.

Recordando esos momentos del colegio y a cuantos chicos alejé, ahora pienso que la cercanía con un hombre me daba pánico. La cercanía en general me daba pánico, solo que no quería aceptarlo. Cuando las personas se me acercaban y se establecía un puente, o había un intento de hacerlo, yo me alejaba. No podía expresar mis sentimientos de manera mas libre. De niña lo había expresado de una manera mas burda, pero a la larga la respuesta era la misma: Me sentía mejor en un contexto violento que en uno amigable.
¿Por qué? Eso es algo que todavía no entiendo bien.
En la universidad el panorama no cambió mucho, hasta ahora al menos, donde creo que he encontrado un poco mas de estabilidad. A veces siento que “arruiné” mucho tiempo que pude haber aprovechado, que “arruiné” muchas amistades que hubieran podido progresar, e incluso siento que “arruiné” muchas relaciones que pudieron florecer.

Pero la verdad es que el tiempo arruinado no existe mientras uno todavía tiene 21 años y tiempo de sobra para seguir “arruinando” o “malgastando”. De los errores uno aprende, y si no es ahora, lo será mañana o pasado. No vale la pena vivir la vida con ansiedad o apresuradamente, o vivir pensando en los errores del pasado. El presente el ahora, ahora, ahora y la única forma de vivirlo es sin angustias, ¿No lo creen así?

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