¿Cuando fue la última vez que sintieron ese segundo en que las cosas cambian y se dan cuenta que pueden estar al borde de encontrar a esa persona especial que habían buscado por tanto tiempo? Esa persona con la que hacemos clic y no pum, esa en la que comenzamos a pensar en momento inesperados, esa que nos deja pensando ¿Podría ser? ¿Será o no será?
Esa!
A mi esto del “amor” me confunde rotundamente. Es una de esas cosas que no tiene lógica aunque queramos darle mil vueltas. Probablemente la respuesta a por qué tendemos a ir hacia una u otra persona es tan racional que molesta. Tan racional que es mejor pensar que nos guía el destino, que hay un plan determinado para cada persona y que de seguirlo tal y como lo planteó este Ser maravilloso -que puede ser Dios, dependiendo de la religión o credo al que pertenezcan- vamos a terminar exactamente con quién nos va a hacer felices por siempre.
A veces me gusta pensar que es el destino el que me va a unir con esa persona de la que finalmente me voy a enamorar.
Lo malo de esto de dejar las cosas al destino es que uno aveces es tan imbécil y tan ensimismado que no se percata cuando algo bueno viene. Y dejenme decirles que esas cosas no pasan muy seguido.
La vaina con el amor es que es un sentimiento bien delicado. A veces nos agarra de las pelotas -reales o imaginarias- y no podemos hacer otra cosa que seguirle la corriente. Tan veloz como un beso robado en medio de la fiesta de año nuevo, semi-borrachos, esperando la cuenta regresiva.
Y otras, puede ser un sentimiento que se va cocinando con el pasar del tiempo. Esos son mas difíciles aún, porque una nunca sabe cuando es que pasan de ser amigos o conocidos a “algo más”. Un gesto, un clic y no un pum! sonoro que te remueve la cabeza, no, un “clic” tan delicado que parece haber sido hecho al detalle, a la perfección, haberse forjado en horas de dedicación.
Lo malo es que cuando terminas de ordenar esos sentimientos encontradoe en tu cabeza y comienzas a ver a fulanito de otra manera, ya las cosas se han calmado tanto que no vale la pena volver a prender ese fuego, o alguna p*rra ya se robó tu mecha y no hay nada que puedas hacer al respecto.
Por eso, el amor APESTA.