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Entrañables personajes de la amazonía amorosa.

Patanes

Un tipo indiferente quizá sea un patán que no debe tener la menos importancia en nuestras vidas. Pero la cosa es que los patanes no se presentan en la forma común y corriente.

A unos los puedes leer tal cuál, porque son estúpidos, o quizá no han tenido la necesidad de desarrollar una estrategia mas elaborada para acercarse a las mujeres. Tal vez las chicas que conocen no se hacen más problemas con sus actitudes. Entonces creen que tú vas a ceder igual. Si lo has hecho, créeme que no eres la primera.

Hay una especie de gusto especial que tenemos las mujeres por reformar aquello que es irreformable, irreversible. Si alguien no quiere cambiar, no lo va ha hacer. Tú no vas a cambiarlo, eso es algo que él mismo va a hacer, cuando vea que sus actitudes no le sirven de nada.
Créeme que ese encanto bruto que tiene, esa especie de rudeza en su forma de ser que lo hace una suerte de diamante en bruto, no es nada más que una patanería que debes ignorar completamente. No vas a encontrar nada debajo de eso. Al menos no en tipos en sus 20s que piensan en sexo todo el día. No te engañes.
Si te trata como una basura, es porque cree que te tiene en sus manos, te lo va a seguir haciendo porque sabe que la próxima ves que se acerque, vas a ceder nuevamente.

Todavía estás a tiempo de dejar a ese patán que no vale la pena y buscarte algo que sea mejor, porque tú puedes hacerlo, créeme.

Pero bueno, ese es el patán bruto.

Ahora, los mas difíciles de detectar son los patanes refinados. Estos normalmente son mayores (30 años o más) y ya tienen su tiempo en el juego, ya saben como es que vas a caer más fácil, y por donde deben de trabajarte para que te quites los pantalones mas rápido que volando.

Presten atención: un patán refinado te va a enamorar.
Te va a buscar, no va a dejar (como el patán bruto) que tú lo busques. ÉL VA A BUSCARTE. Va a aparecerse con un ramo de flores o unos chocolates en tu casa. Va a llevarte a cenar a un lugar bonito y costoso. Va a correr delante de ti a abrirte la puerta del carro. Va a llenarte el trago cuando se te haya acabado. Va ha hacerte creer que lo tienes en tus manos. Que se ha enamorado de ti.

No solo eso, te lo va a decir. Te va a decir que eres la flaca más chévere que conoce. Luego te va a decir que nunca ha conocido a nadie como tu.
Pero tu no eres idiota. No te crees que alguien sea tan perfecto. Sobretodo porque sus amigos lo fastidian constantemente, diciéndole que es un jugadorazo, que es un pendejo, en el momento en que los ven yéndose juntos no van a faltar los comentarios de doble sentido, y cuando él pasa por su lado, le van a mandar una palmadita en la espalda, como felicitándolo por su nueva “presa”.
Tú le vas a decir todo eso. Incluso, si tienes suerte, resulta que te vas a encontrar con una ex o una amiga que lo conoce, y ellas te van a advertir que no te metas con él, porque en cuanto se aburra de ti se va a buscar a otra.
Él te va a escuchar pacientemente.
Luego de eso, va a llamar a sus amigos, los va a reprender en tu cara, les va a decir que se dejen de huevadas y que tu y él están juntos y eso es todo lo que importa, que se dejen de esos comentarios.
Ellos probablemente dejen de hacerlo. Y tú vas a estar contenta. En el fondo, todavía desconfías de él, pero en cierta forma, cuando lo miras de reojo mientras van camino al cine, lo ves y le crees.
Le crees que tú eres la chica que lo va a cambiar. Que tú, que te crees inteligente y diferente a las otras que tuvo, unas putas seguro, lo vas a cambiar, vas a cambiar al pendejo por un fiel novio.

Hasta que un día deje de llamarte. Hasta que un día, cuando lo llamas, porque quedaron para salir mas tarde, el te responda medio ebrio que ya se fue a la casa de unos amigos. Y tú, maquillada y arreglada, te sientes la chica más triste y patética de este mundo. Te va a pasar, y vas a preguntarte si tú tuviste la culpa de algo.
Te vas a engañar y pensar que lo presionaste mucho, que insististe mucho.

Al día siguiente, él se va a presentar en la puerta de tu casa con un ramo de rosas enorme, unas disculpas enormes, y te va a rogar que no lo dejes, te va a prometer por su madre que nunca va a volvértelo ha hacer. Te va enviar flores al trabajo, y tu, que estás en su red, vas a volver a caer. Vas a volver a creerle.
Te va a decir que a él le cuesta decir sus emociones porque siempre ha sido una persona que se las guarda, una persona que no buscaba compromisos. Pero ahora ha cambiado.

Pero resulta que han quedado para ir al cine, y no te llama. No lo vas a llamar, de seguro está en camino. Pero son las diez y no llama, y no se aparece en la puerta de tu casa. Estas harta y lo llamas. Él ya se fue ha hacer otra cosa. Encima, te reclama: “Estas presionando mucho”.
Ahora es cuando debes colgarle y olvidarte.

Lo más probable es que el patán refinado ya se haya emocionado con otra chica. Quizá está, en ese mismo momento en que lo llamaste, con una chica en el cine, o tomando unos tragos, o en el mismo restaurante a donde te llevó. Ese es su modus operandi.
Así funcionan los patanes refinados.
Lo que debes hacer, si quieres librarte ahora mientras puedes, es caminar de la escena y correr. Si vuelve a llamarte, si vuelve a pedirte que lo perdones, bota sus flores a la basura, no le abras la puerta de tu casa. Por más que te llore, por más que se quede en la puerta de tu casa, cual perro faldero, pidiéndote perdón.

Va a insistir. Va a insistir más todavía, porque ahora lo estás ignorando. Si te llama, no le contestes. Y si te sigue llamando, apaga tu celular. Préndelo al día siguiente y vas a ver cuantas llamadas vas a tener en tu celular. O quizá, cuando regreses a tu casa, vas a verlo en la puerta, esperando, y te va a interrogar. Te va a preguntar donde has estado. Te va a preguntar con quién.
Pero no debes ceder. Debes seguir haciendo lo mismo. Quizá algún día se canse.

Sal con tus amigas, que de seguro dejaste olvidada porque él te dijo que ellas no te hacían bien. Seguro te dijo que fulanita de tal, tu pata del alma, es una solterona que odia a los hombres, que te tiene envidia. Y que la otra, mengana de tal, es una perra que se le insinuó.
Vuelve a salir con ellas.
Seguro te han extrañado.

Cuarenta y veinte

 El sabado tuve la suerte -me gusta verle el lado positivo a las cosas- de conocer al fulano mas berraco que he podido conocer en toda mi vida. Un verdadero pacharaco en todo el sentido de la palabra PACHARACO. Es decir, PA-CHA-RA-CA-SO. En fin, así fue como comenzó, lo que me gusta llamar, la noche del terror.

Sabado. Diez de la noche. Me encontraba en la casa de mi amiga C ayudandola a decidir entre ponerse un polo negro o blanco, o strapless, o mejor un jean o mejor una falda, pero no este polo porque sino tengo que cambiarme de zapatos, o mejor me cambio de zapatos porque en verdad me duelen los pies, pero mejor no porque me veo mas alta… Era cumpleaños de su hermana y yo había sido invitada no se por qué. La verdad es que C no quería estar sola entre los amigos de su hermana, y invitó a su manchita: nosotros. Yo fui la primera en llegar, de manera puntual (estoy practicando la puntualidad y la disciplina como nuevas resoluciones para este año, ojala las cumpla) a las 9.30 exactamente, hora en que el taxi me dejó en una casa de dos pisos en surco. No era la casa de C, sino la de sus abuelitos, y bien, pasé a conocer a la familia y de paso ganarme con todo el conflicto familiar…

Los papas de C se están divorciando, y la tensiòn familiar no podìa ser mas obvia. La mama lo miraba con recelo, la abuelita de C ni siqueira se dignaba a mirarlo. Su papa insistía en tener una conversación normal con C, pero ella lo evadía. Su hermana no quería saber nada del asunto. El hombre caminaba por la fiesta como la peste bubónica, y todos corrían en dirección contraria. Felizmente, al poco tiempo, llegaron los demas del grupo y nos sentamos a conversar, esperando el ansiado Japiverdei que se canta a las 12.

En un momento de la velada, casi llegando a las 12, el celular de C sonó. Ella miró la pantallita y se levantó para contestarlo. Al regresar a la mesa, dijo: Viene B (su novio) con un amigo.

Viene B con un amigo. Mi cabeza paranoica puso todas las piezas en orden. Viene B…. con un amigo. Carajo, otra vez trataban de juntarme con algún imbécil.

Esto ya es historia conocida. Desde que tengo uso de razón, andar “sola” nunca ha sido un problema para mi. Primero porque yo no considero que estoy sola. De hecho conozco un montón de gente, no solo mi mama y papa, que me quieren y se preocupan por mi, así que dificilmente estoy sola. Y segundo, como toda chica de 21 años, simpática y buena gente, tengo mi jale, así que por eso no me preocupo. Pero, aparentemente mis amigos si. Y así lo han hecho desde que tengo uso de razón. Desde el colegio, cuando a los once ya habían parejitas floreciendo por aquí y por allá, mis amigas me miran como quien ve a un perrito cojo caminando por la calle, sin pareja y sienten pena. ¿Pena? ¿Por que tendrían que tener pena?

Yo no voy por ahí diciendo que me siento miserable, si que me encantaría tener un novio, ni nada de eso. Yo vivo la vida, no dejo que la vida me viva. Si señora, así es, yo no me siento miserable por andar sola. Mejor sola que mal acompañada, ¿no? Mi vida no va a ser vacía por no tener a un peor-es-nada a mi lado.

Ya terminado ese pequeño discurso, proseguimos con la historia…

Asi que, pasados 30 minutos, se aparecen por la entrada de la casa dos fulanos. Uno de ellos era B, y el otro, un fulano que no recuerdo como se llama pero que denominaré con mucho cariño El Pacharaco.

Al Pacharaco le gustan tres cosas: hablar de su chamba (maneja las exportaciones e importaciones de una empresa gringa multinacional… como si me importara), de cuanta plata maneja, y de cuanta plata manejan sus clientes.
Es decir, podemos reducir su conversación a una sola cosa: plata y mas plata. Divino.
Cuando conocí a B me cayó bien. Era un tipo buena gente, y gracioso, de esos con los que congenias facil. Pero al verlo al lado de su amigo Pacharaco, me di cuenta que no sólo era sus bromitas vulgares, sino que además de eso, ambos eran un par de viejos verdes.
Ah si, deben rodear los 35 años, porque a ambos, y sobretodo al Pacharaco, se le notan las trajinadas, se le notan las juergas, se le nota que está bien demacrado. Y lo peor de eso, que al lado de un par de veinteañeras como nosotras (ambas de 21) se veían rotundamente ridículos. Yo no podía evitar mirarlo con cierto desdén.
No solo era su forma de hablar y hablar de dinero, para impresionarme obviamente, sino que desde arranque había demostrado ser un conchudo en todo el sentido de la palabra. Si no hablaba de su dinero, pedía que le rellenaran el vaso de whisky. Por supuesto, al ser la casa de C, ella era la babosa que tenía que ser conejita de playboy y traerles el whisky a ambos con dos hielos por favor y te apuras flaquita, jajajajaja. En un momento de la conversa, el Pacharaco se me acerca y en un tonito que me hizo recordar a mi papá me dijo: ¿Y tu cuantos añitos tienes?
Se me escarapeló la piel. Lo vi como un pederasta en acción y dije “21″, al mismo tiempo que aguantaba los chifles y el vino que se amontonaban en mi garganta. Pacharaco procedió entonces a desparramarse sobre la silla, con los ojos saltones, y a sobarse repetidamente la cara, como si quisiera deshacerse el rostro con las manos. “Puta, que calor hace, carajo”, decìa de cuando en cuando. Yo seguìa sirviendome vino, rogando para que esta noche pasara mas rápido, esperando que el vino hiciese esta velada mas graciosa, mas ridicula e insignificante.
En un momento dado, el Pacharaco se vió sin whisky en su vaso. Yo estaba sentada tomando mi vino. El pacharaco me miró y tronó los dedos para llamar mi atención: “Flaquita, llenate este vaso pues”. Y acto seguido me guiñó el ojo.
Yo lo miré sorprendida y comencé a reirme. En verdad me comencé a CAGAR de risa. Pacharaco no entendía por qué me reía, tal vez pensó que estaba jileando con él, aún no lo sé. Después de reirme un buen rato, seguí tomando mi vino, como si no hubiese pasado nada. C se apareció y se fue a la cocina con el vaso de whisky. En fin, es su casa.

Pero ahí no acabó la velada el terror. B se me acercó y me dijo “que planes”, a lo que respondí “naranjas”, a lo que respondió “vao a una parrillada”, a lo que respondí “quienes van a ir”. Entonces B me mintió descaradamente, cosa me di cuenta mucho después, y por lo que ya no voy a salir con él y C. Me dijo que el Bachelor (que en este momento se veía completamente irresistible) iba a estar ahí. Él sabía que si me decía eso iba a ir. Me estaba engañando vilmente. Acepté, por supuesto, pensando que podía librarme de Pacharaco una vez que viera al Bachelor.

Subimos al carro de B a eso de las 2 de la mañana, medio alcoholizados y dispuestos a rumbear, al menos yo si. En el camino, paramos en un grifo y tuve una de esas pausas que uno hace en medio de una juerga, ese STOP donde ves la realidad sin tanto movimiento, sin tanta chela, sin tantos juegos mentales. ¿No les ha pasado? De pronto la noche es una especie de sueño, todo pasa rápido, y de pronto de ves en un grifo en el carro de un par de viejos, y no se por qué, pero la visión de un pobre niño vendiendo dulces me causó tanta pena… Sobretodo cuando B y Pacharaco lo ignoraron en camino a la tiendita del grifo. Me dio tanta pena, y al mismo tiempo me regresó a la realidad. ¿Que hacemos aquí, C? ¿Que carajo hacemos aquí, si cualqueira de nosotras puede conseguir un fulano mejor que cualquiera de estos?

De pronto los chicos que había rechazado antes, chicos de mi edad, o un poco mayores que yo, digamos en sus veintes, chicos que había rechazado por inmaduros o por muy chibolos, de pronto esos chicos parecían mil veces mejores que B y, por supuesto, Pacharaco.

Podría decir que fue culpa de la regla, que tan puntual como siempre, me vino justo al día siguiente, o mas bien, ese dia pero mas tarde. Quizá estaba sensible por eso. O quizá estaba viendo las cosas desde esa perspectiva que te da la noche, que oculta cosas y te las muestra, así de crudas para que te des cuenta. Quería decirle a C todo lo que pensé en esos diez minutos en que demoraron en subir al carro. Pero C me interrumpió: “Vamos a ir a la parrillada, y de ahi a bailar, a donde nos lleven los chicos”

¿Chicos?, pensaba. ¿Que chicos? Chicos son los que rechacé, chicos son esos misios que no tiene plata ni para invitarte a comer, ni para pagar el taxi, esos que prefieren quedarse en casa viendo peliculas pirata. Esos son chicos. Mil veces esos chicos, mil veces que no sepan bailar, mil veces que sean unos inmaduros, mil veces que prefieran ver un partido de futbol, mil veces que te traten como un pata mas, mil veces todo eso.

En ese momento estaba dispuesta a bajarme del carro, caminar a la javier prado y tomar el primer taxi que me llevara a casa. Pero no lo hice. Tal vez por cobarde. Tal vez por eso C se quedaba en el carro también. Porque le tenía miedo a andar sola, le tenía miedo a estar sola como yo, esperando a que de verdad te guste un chico, porque quien sabe cuando pasará eso, pero sabes que C, prefiero esperarlo.

Anyways, los “chicos” subieron al carro. Zarpamos hacia la parrillada. Para hacerla corta: MAS VIEJOS. Y si, cuando digo mas viejos, me refiero a que habían puros viejos y de esos que ya están pisando base 4. ¿Bachelor? No estaba. Por supuesto, pero seguro que su papá si estaba por acá. Creo que uno que otro debe ser papa de una amiga… en fin, yo me sentía fuera de lugar. Decidí entonces, que si bien ya estaba en este lío, y tenía que encima de eso, aguantar unas tres o cuatro horas de baile, iba a hacer el ridiculo total. Iba a comportarme como una berraca total, iba a ganarle al Pacharaco en su propio juego de pacharacadas. Solo de esa forma, iba a librarme de él.

Felizmente, la velada terminó temprano, y como prometido antes, B me dejó en casa antes que llevara a C a la suya. Pacharaco no nos acompañó. Felizmente logré decepcionarlo.
Esa noche me curó de esa idea que tenía hace tiempo rondando en mi cabeza, esa de probar en aguas mas calmas, mas añejas, y alejarme de los mocosos que tanto detesté. Supongo que todo pasa por una razón.

Ahora, chicos, los he aprendido a apreciar mucho más.

No eres tu, soy yo

stupid girlstupid girlDe verdad que aunque no lo aceptemos, es realmente horrible aceptar que uno tiene la culpa de algo. Es muchísimo mas liberador pensar que son los demás los que deberian cambiar en vez de nosotros.
¿A que viene esto? Pues, como siempre, a una metida de pata mía y la franqueza de mi mamá.

Erase una tarde de compras. La proxima semana es cumpleaños de mi papá y como todos los años nos sometemos a la tortura de tratar de encontrarle algo que no quiera cambiar al día siguiente, aunque eso es casi imposible. Es una costumbre familiar encontrarnos un día después del 12 de febrero regresando a Saga fallabela con la cara de papafritas totales a comprar una talla mas grande o una talla mas chica o de algún otro color, o un producto totalmente distinto pero por el mismo precio en el departamento de hombres.
Yo ya me acostumbré al (llamándole cariñosamente) “quisquilloso” de mi papá. Mi mamá todavía, pero trata… a fin de cuentas, uno espera que la persona con la que te casas cambie o amolde sus manías/tics/gustos para encajar contigo, de todas maneras, por alguna razón se han casado, por alguna razón es que se quieren… pero las cosas no siempre resultan así… bueno, no es una tragedia, es simplemente mi padre.

Culminamos la tarde de compras en un café de Miraflores mirando a la gente pasar. A mi me encanta salir con mi mamá. Siempre terminamos en una conversa en algún café donde le cuento cosas de mi vida y ella me dice su opinión franca y clara de la situación, lo cuál la convierte en mi confidente/psiquiatra. Vaya trabajo! En fin, ahí estábamos, y finalmente después de un par de jugos aquí y allá llegamos al tema prohibido: “X”.
“X” es un chico que me gustaba hace algún tiempo, pero con el que nunca llegué a nada. Siempre que pensaba que ya iba a pasar algo, al final no pasaba nada. Al final, recuerdo con cierto gusto la última vez que lo vi, y así se lo conté a mi mamá que me miraba atentamente sorbiendo su jugo de maracuyá.

X había pasado por una clase en la que yo estaba y en la que él no tenía nada que ver (porque ya la había cursado). Se quedaba por ahí a conversar con algunos de sus amigos. Yo salía en el break a conversar con mis amigos. Digamos que cada uno estaba en su respectiva esquina y la campana no había sonado todavía. En el primer asalto, haciendome la que miraba hacia otro lado, miré hacia donde X estaba y me di cuenta que de cuando en cuando miraba hacia donde yo estaba. Para esto, yo ya me había cansado (y por alguna razón estaba realmente molesta) de sus idas y venidas y llegadas a NADA.

Así que había decidido ignorarlo en vez de esforzarme por hablarle a pesar de que cada vez que me le acercaba el cuerpo me temblaba, desarrollaba toda clase de tics nerviosos y comenzaba a hablar webada y media.
Previo a este encuentro, la vez anterior que habíamos hablado, yo me había acercado a X con el pretexto de preguntarle algo sobre una clase. Como siempre, comencé a hablar y hablar y hablar de tonterías que no venían al caso, a lo que el contestaba con la cara impávida, guardando sus cosas en su mochila, sin mirarme a la cara y respondiendo monosílabos. Yo insistía en sacarle una conversación decente, pero las palmas de las manos ya me comenzaban a sudar y comenzaba a reirme de imbecilidades.
De pronto, cuando ya X había terminado de guardar cosas en su mochila (eran muchos libros) comenzó a caminar hacia la puerta mientras yo seguía atacándolo con palabras y palabras. El seguía con su pìng pong se monosílabos y risitas medio fingidas. Llegamos finalmente afuera del salón y mientras yo seguía hablándole para no sentirme totalmente idiota, de la nada e interrumpiéndome, X me dijo lo siguiente: “Bueno, ya me voy. Chau”.

Se acercó a despedirse y en menos de dos segundos ya había bajado las escaleras, desapareciendo de mi vista. Me quedé en medio del pasadizo, sola y sintiéndome una completa imbécil, en todo el sentido de la palabra. Por días pensé que había sido mi culpa, que yo era muy insistente, que yo era muy lorna, que yo era muy… QUE SE YO! Lo que se me ocurriese para descifrar su comportamiento tan extraño.
Volviendo a la última vez en que vi a X, pues él seguía volteando (asumo, según el, muy caleta) a mirarme de vez en cuando. De pronto, llegó a pararse a mi lado mientras seguía una conversación con otros chicos. Yo sabía que él estaba ahí pero aún así me volví hacia otro lado, como si no quisiera ni mirarlo. En ese momento el profesor nos llamó adentro para seguir la clase y mientras caminaba hacia el salón se me cayó una hoja de papel que tenía en la mano. La maldita hoja voló de una manera impresionante para caer exactamente en los pies de X que obviamente se agachó a recogerla. ¿Destino? Me la dio y yo le recibí la hoja, con un educado “Gracias”, sin mirarlo a la cara y regresé al salón a seguir la clase.

Mi mamá me miró sin emoción sorbiendo su jugo. Yo había esperado un “Se lo merecía” o algo por el estilo, pero al no recibir ninguna respuesta de su parte, comencé nuevamente a sentirme una imbécil, como aquella vez que X me dejó parada en el pasadizo de la universidad.
MAMA: ¿Y el nunca intentó decirte que salieran juntos?
YO: No, para nada…
MAMA: ah…
YO: Aunque… una vez, bueno, como que me dijo que fuera a un concierto… pero nada más.
MAMA: Ah, pero hija tienes que entender que los hombres son medio idiotas. (Eso ya lo sabía) De repente él trataba de invitarte, pero no se sentía del todo seguro. Debiste haberle dicho algo.

Eso bastó para que volviera a ese instante, el único en toda mi historia con X, en el que había sentido que me iba a invitar a salir. Para hacerla corta, me dijo algo como “Sería bueno que vayas”, y siguió fumando su cigarro, a lo que yo, por supuesto, no respondí. La verdad no me acuerdo que le dije, pero ahí quedó la cosa. Ahora que ese momento da vueltas y vueltas en mi cabeza me doy cuenta de dos cosas: que soy una webona total; y dos: que todavía me sigue gustando X. Bienvenida de vuelta al vórtice.
¿Como es que no me di cuenta que X estaba haciendo el esfuerzo de invitarme a salir? ¿Como miércoles voy a leer entre líneas que en verdad lo que quería decirme ese día era que quería verme en otro lado que no fuera la universidad?
Seguía dándole vueltas y vueltas a ese día en mi cabeza y recordé que incluso llegó a preguntarme por un viaje reciente que había hecho a USA y, como es costumbre para todos aquellos que hacen esos viajes, si había regresado con novio. ¿Me estaba tratando de decir algo?

CARAJO! MIERDA! PUTA MADRE!

Otra vez, Carolina la volvió a cagar… todita.

Luego de eso, Mamá continuó su psicoanálisis diciendome que los chicos de mi edad son unos niños en verdad. Mentalmente tienen 10 años menos que los que tienen fisicamente y actúan como tal. Eso, sumado a mi increíble estupidez da igual a desastre total.

Como ya perdí mi oportunidad con X (ahora está con su pitufina), pues me queda reivindicarme como DEPREDADORA con el Bachelor. ¿Será, Dios mio, que por fin me tocará ser la cazadora, en vez de la cazada?

Por ùltimo, los dejo con la mejor canción sobre Idiotas que existe (todos hemos sido un idiota en algún momento).
Walk Idiot Walk – THE HIVES

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Pitufina

 

El día pasa como un trago de cerveza fuerte: raspa y sabe a orina de gato. Estoy cansada y no quiero escuchar la clase pero el profesor se empeña en enseñarnos unos jeroglíficos que ha dibujado en la pizarra.
Felizmente hoy no hace preguntas. Puedo pestañear un par de veces sin que lo note, o al menos sin que a mi me afecte mucho que se de cuenta. Al “pestañear” por tercera vez me doy cuenta que ya me perdí la mitad de la clase y el patita sentado a mi costado me mira con una risita idiota en la cara. Es imposible disimular, pero igual lo intento, toso un poco y trato que el sueño se me pase con un sorbo de agua. Bah, que me importa. ¿A quien en su sano juicio se le ocurre hacer clase después de la hora del almuerzo? Obvio que no soy la única que “cabezea” un rato…

Bueno, si la clase hubiese estado más interesante ese día quizá no me hubiese pasado durmiendo la mitad, y quizás no se me hubiera antojado un sundae de Bembos, para despertarme un poco, pero así es el destino supongo.

Si lo piensan bien estas cosas de amores y desamores, son estúpidas. En nuestras vidas enfrentamos pérdidas más grandes con mayor entereza. Pero cuando se trata del amor, hasta el más recio termina lloriqueando como un bebito sin chupón. El amor -o la falta de amor- nos lleva a hacer cosas absurdas.

Entré con la mente en blanco al Bembos, totalmente inconsciente de lo que me iba a pasar, totalmente inconciente de cualquier cosa. Todavía andaba medio idiota de sueño porque además de haber almorzado un Lomo Saltado, hacía un calor que toda la calle parecía un horno. Caminé al mostrador. El chico de la atención estuvo excesivamente alegre, lo cuál me molestó un poco. Era un gordito con cara de buena gente. Lo vi sonriendo y mirándome la cara, como si tuviese algo extraño. Pedí mi sundae con extra fudge y me fui al baño a mirar por qué rayos se reía tanto. Entré al baño y al mirarme al espejo di un mini-alarido al ver que todo el viento había hecho de mi cerquillo una especie de copete a lo Ace Ventura. Escarbé en las profundidades de mi cartera y extraje un peine. Arreglé el desastre como pude, y de paso me retoqué el maquillaje.

Maldito gordo imbécil. 

Bah, salí del baño como si nada hubiese pasado y esperé por mi sundae mirando las mesas alrededor. Había poca gente, no como esos días donde hay cumpleaños de chibolitos y el Bembos está hirviendo en mocoso pre-escolares que gritan y chillan y corren y babean (no, no son muy fanática de los niños). Pensaba quedarme un rato comiendo mi sundae, cuando en eso lo vi.   

Prendido de una chica mucho mas bajita y poco atractiva, se encontraba mi querido X (X de prohibido, X de venenoso) compartiendo una hamburguesa con papas. Estaban abrazados, como si estuvieran posando para un maldito fotografo. Se veían horrorosamente adorables. A pesar de eso, no podía evitar pensar que había algo fuera de lugar con esa imagen. Digamos que X no es la gran cosa, hablando fisicamente (y mentalmente tampoco), pero su flaquita estaba realmente por debajo de lo que yo consideraría como “la competencia”. Si hubiese esperado una competencia digna, al menos hubiera pensado en una chica de mi tamaño, no una que me llegara a la cintura. Si pues, ahí estaba yo, rajando en mi cabeza, riéndome a costas de la pobre chica, la pobre PITUFINA que no tenía idea de quién era yo y lo que significaba para mi.

Yo, en pos de superación, me quedé mirando un rato, esperando a que volteara para saludarlo. Al ver que no volteaba, pensé en mi estupidez, que lo educado sería acercarme y pasarle la voz, toda buena gente, toda buena persona. Dudaba de hacerlo mientras esperaba que el gordo imbécil del mostrador me diera mi sundae.

Recibí mi sundae y caminé hacia ellos. Mientras iba acercándome mi cabeza me gritaba que diera un giro a la izquierda y saliera por la puerta para huir de manera casual y sin despertar sospechas. Así era mas o menos la pelea en mi cabeza:
VOZ 1 (la histerica): ESTUPIDA, QUE ESTÁS HACIENDO??? TE CREES MUY SUPERADA RE-BABOSA???
VOZ 2 (la fosforito): Ay, que te importa, si la flaca ni siquiera está buena, ni siquiera es bonita, anda salúdalo, de repente la pitufina se pone celosa y terminan peleandose MUAJAJAJA!
VOZ 1: NOOOOOO
VOZ 2: SIIIIIIIII
VOZ 1: SAL, VETE, CORRE, CORRE!!! CORRE POR EL AMOR DE DIOS!!!
VOZ 2: NO, NO SEAS COBARDE, CAMINA HACIA LA MESA
VOZ 1: CORREEEEEEE
VOZ 2: NO HUYAS COBARDE!
YO: YA, BASTA.

Ya casi llegando a la mesa, X se volteó y nos miramos de frente a los ojos. Yo levanté la mano para saludarlo, sonriendo, pero él me ignoró y se volvió hacia su pitufina. Me quedé parada entre su mesa y la puerta de salida un par de segundos, totalmente desconcertada. Comencé a ponerme roja, y X ni siquiera se volvía. En mi cabeza pensada: ¿Se habrá confundido y habrá pensado que yo era otra persona? ¿Le costaba mucho saludarme? Me hubiera conformado con que mueva la cabeza asintiendo, una mueca en la cara, un hola desinteresado, pero QUE ME SALUDE!.

La verdad era ésta: Yo me había acercado a sabiendas a esa mesa, creyéndome más atractiva que su pitufina. Creyendo en mi ilusión (vórtice) que iba a darse cuenta de su error, o simplemente lo hacía para sentirme superior, para sentir que había superado esa etapa, no sé, quizá pensé en alguna escena de Dawson’s Creek, que se yo.
Me sentí -para variar- una lorna. Boté mi sundae en un ataque de pánico total, sintiéndome gorda y fea. Subí al primer micro que me llevara a casa y deseé no regresar mas a ningún Bembos en lo que resta de mi vida.

Solo me faltaba encontrarme con las FULANAS de la vez pasada y que justo en ese momento volviera ha hacer otro comentario sobre X y su pitufina. Felizmente el viaje estuvo tranquilo y el reguetón me hizo olvidar rápidamente del episodio de Bembos.

Tal vez debí imaginármelo.

Desde hoy, mi querido X, se me acabó la paciencia…

imagen: ¿la pitufina de X dentro de un par de años? http://forums.argentina-anime.com.ar/

Jorge el Infalible

Si para roto hay un descocido, entonces mi descocido debe ser Jorge el Infalible.
Jorge el Infalible no es una absurda mezcla de todos los hombres que me gustan (entiéndase Brad Pitt y… que se yo… Brad Pitt), ni física ni emocionalmente. No, Jorge va a estar ahí para ser el padre de mis hijos. Va a ser una mezcla entre padre semi-perfecto y troglodita lleno de defectos (que voy a encontrar lindos, por supuesto) y que va a ser la persona con la cuál llegue a celebrar mi cumpleaños número 80 entre un mar de amigos y familiares. Va a ser perfecto dentro de su imperfección perfecta. Así me lo imagino, pero sin rostro predeterminado, es una especie de mezcla de sentimientos, una nube de emociones que me hace sentir mejor cuando algo me hace sentir mal, algo así como un colchón emocional.

Todo queda en mi imaginación, ya que Jorge es algo que inventé, un hombre imaginario que, como ya dije antes, va a ser el imperfecto perfecto de mi vida. Le puse Jorge por ponerle un nombre, no quiere decir nada, y no significa nada, ni un amor pasado, ni es el nombre de un amigo, ni nada por el estilo.

Esta es mi teoría: Nosotros vagamos por este el mundo gigante y de pronto encontramos una persona que está predestinada a complementarse con nosotros, somos una pieza perdida hasta que encontramos a la otra pieza que nos corresponde. Esta persona está predestinada a cruzarse en nuestro camino. Puede que ya lo haya hecho y no lo sepamos, o no le hayamos hecho caso. Puede que le falte mucho por llegar. Puede que ya lo hayamos encontrado, pero falte mucho para que realmente suceda algo. Puede que pase una o la otra.

La suerte está echada. Jorge seguro estará vagando por el mundo de manera incosciente. Quizá ya me lo crucé en el supermercado, mientras elegía frutas que siguen en mi refrigerador sin tocar. O quizá cruzamos miradas en algún semáforo. Quizás lo vi subir al micro el otro día. Tal vez lo vi en alguna discoteca afanando a alguna flaca….

… O quizá me golpeé la cabeza muy duro cuando era niña. No lo sé, ustedes son los que van a soportar mis ocurrencias.
De todas formas, creo que el amor está en el aire, así que para aquellos que crean conmigo que el destino va a encontrarles su descocido o si creen que ya lo encontraron, disfruten la proxima rola: Love like a Bomb de OASIS.

 

I’m seeing
A whole other world in my mind
Girl I feel it
I’m breathing a love all the timeYou turn me on
Love’s like a bomb
Blowing my mindYou turn me on
Love’s like a bomb
Blowing my mind

Am I reaching
The World that I want deep inside
Girl I mean it
Here hold the key to the shrine

You turn me on
Love’s like a bomb
Blowing my mind

You turn me on
Love’s like a bomb
Blowing my mind